Quisiera decirte



Que te sientas feliz,
seas feliz o no lo seas.
Que salga siempre la luna
en tu paisaje de espumas.
Que en cada uno de tus pasos
sea siempre primavera.
Que no te importe seguir
aunque sea el silencio quien te nombre.

Que te sientas en paz contigo mismo,

sea conmigo, sin mí , sin nosotros, sin ti,
ni conmigo ni sin mí.
Que te sientas feliz,
seas feliz o no lo seas.

Que te sientas feliz ...

Un poema más




                                                       "  No cantará el gallo, sin que me hayas negado
                                                         tres veces”   S. Juan 13:38


Se cumplió la profecía.
No tres, trescientas veces me negarías
si fuera necesario.
Pero no todo es cuestión de distancia,
ni de lamerse en solitario las heridas,
o estrujar papeles gastados
tras cortinajes de gemidos tristes. 

No todo es cuestión
de ir agotando los caminos
que conducen
al viento que danza en el río más tierno,
o borrar los tres puntos suspensivos
que siguen mordisqueando las sienes.

Existimos. Y nos hemos encontrado.
Somos un punto en el espacio,
un poco de vida palpitando
en la fiesta muda de la dicha perdida.
Existimos .
El tiempo no nos incluye.
Sólo las palabras que reptan en los recovecos
de reinos de algodón
inventados por el corazón .

 Aunque sé que esto será sólo un poema más
que pronto caerá en el olvido.

Como cuando se cierra un libro




Hay una mujer que pronuncia una palabra

sabiendo que la única realidad

son las palabras que ella misma ha creado.

Hay una mujer rompiendo las cuerdas

que la ataran un día al mástil,

disolviéndose como humo,

desnuda y muda,

a expensas de la soledad

de un laberinto de caminos azules ,

tan azules como tu sombra,

y letras como despojos,

que sólo ella puede destruir.



Hay una mujer que pide palabras

que la nombren,

la palabra única que la colme para siempre.

Hay una mujer que pide ser vestida de palabras.



.Hay una mujer que no es de aquí

ni del otro lado,

es un gran espacio vacío y poblado

al mismo tiempo,

como cuando se cierra un libro.

Aire sobre aire



Parpadean tus palabras

cuando cae la noche

y siempre me acarician

en la orilla azul del silencio.


Parpadea tu voz

que derriba con sus besos

los límites inmóviles

donde tiemblan las pestañas del frío,

para ser piel,

piel plena de amor consumado,

más allá de todos los vestidos inútiles

que no calientan la sangre.


Siempre tu voz

reptando por el aire de los extraños países

del sueño,

llamándome para no decirme nada,

bailando fantasías

en el sabor oculto donde nace el latido

del deseo,

tan cerca de mí

como la inminencia del vaivén en las pupilas.


Tu voz

que se asoma a mi pulso de espacios abiertos

para no decirme nada.


Y siempre me acaricia.

La llave




La oratoria que zurce el tejido

de las páginas vírgenes

me ha entregado la llave

de los sueños cerrados.


Hasta la más delgada cuerda

de la imaginación

que tiembla en el crepúsculo,

me grita por mi nombre,

gime en mis venas,

a la hora en que las palabras

se lavan la cara

en una lengua mojada por los astros

y me entregan la llave

de todos los naufragios.


Entonces, una vez más,

soy un ángel salvaje

de corazón clarividente,

una voz que da la vista a las miradas

ciegas

escondidas en el fondo de sí mismas,

una voz que se hace una

con  la respiración que alumbra el azar,

la luz ensimismada

ajena a toda red

de eclipses y distancias.


El silencio que sucede

a la última palabra del poema.

Donde menos lo imagino



Hay una brisa de olvido

en los cabellos que el tacto roza.

Y una rosa deshojada entre los labios

ignorados

que silencian el boscaje de pasiones

de un recuerdo que se ha quedado huérfano.
 

Hay frases

que no pueden cruzar el río,

sílabas

que no saben lo que hay que decir,

letras

que se retiran a su refugio,

palabras

que caen, que se quedan a medio camino,

que no logran llegar nunca.
 

Hay un hueco en el aire,

donde se pierde belleza y paraíso,

labios, manos, conversaciones, risas…

y espacios de luna

entre almohadones blancos.
 

Hay un hueco en el aire

donde mueren las voces.

Pero no es culpa mía

si el destino

se empeña en mirarme a los ojos,

en sonreírme así , de  pronto,

cuando habla

sin permiso.

Otro modo de ausencia



Un corazón

asomado al murmullo del río,

de ese río que es cúspide de vida.



Interminable verso

que abre mil puertas,

página blanca

que bebe del agua transparente

donde crece la mirada

en un rostro sereno que sonríe.



Así es el viaje

hacia lo que soy y lo que he sido,

así es la distancia

que va de mi verdad a mi voz.

Ahora que sé

dónde empieza y dónde acaba

mi reino

y que sigo todavía

a la espera de mí misma.

No quiero


No quiero que la red se rompa

ni esta espiral de fuego

que ondula anhelante por mi cuerpo.



No quiero que muera jamás

esa llovizna de juegos y abrazos,

que apacigua mi sed,

que alimenta mi sangre,

como almíbar,

como una esfera de colores

mágica y entregada.



No quiero dejar de correr por el aire,

volar por el espacio en que aletean los sueños,

aunque, a veces, me aguarde

un crujir de plumas en la esquina del frío,

 o un paisaje vacío

que acepta una puerta cerrada

tras los párpados.



No quiero que cese el asombro,

la brisa blanca,

que obstinadamente me empuja

a nadar más adentro,

en aguas más transparentes,

más dulcemente hermosas.



No quiero que el cristal se rompa.

No quiero quedarme sin voz o sin risa

o que llegue un día

en que la vida ya no me conmueva.



No quiero.

No quiero dejar de ser niña.

EL espacio que ocupo



No sé si estoy ahí donde tú estás,
dónde estuve un día,
dónde juraría que estuve latiendo un instante.


No sé si está por terminar también
mi sueño,
o tal vez se ha quedado atrapado para siempre
en el polvo de los libros,
o en el modo extraño con el que habla el silencio
cuando la luz se apaga.


No sé si quien me observa,
escondiendo sus ojos por detrás de los míos,
lo hace , todavía,
con una cierta sombra de dulzura.

¿Y yo? , si te mirase,
si te mirase ahora,
creo que ya no lo haría
con los ojos de entonces.

La luz de febrero



Gateando está febrero

sobre las cúpulas del agua.

Vuelve el frío

que se extiende hacia adentro,

un frío distinto al de otros inviernos.

Vuelve la negación del espacio que en ti ocupo,

donde nace la lluvia,

donde se pierde el viento y mi horizonte.



Y dentro hay un círculo

conteniendo otro círculo,

y más allá otro círculo

y aún otro más

conteniendo

el amor inconmovible,

la identidad sin fin

donde se teje la vida

con su pasión de abismo.



Y el universo tiene la curva exacta

de mi sangre,

del paisaje que guardo en la mirada

cuando vuelo sin rumbo abierta a lo intangible.



A todos y a ninguno pertenezco

sino a mí misma.

Epílogo



Entre las amapolas del olvido,
en los ojos que besan el espejeo
de la palabra tiempo,
bajo la imantación furtiva de la noche
donde el sueño se extiende
con su mano de lluvia,
se deshizo,
                               se volatilizó
                                                        se desvaneció
la mariposa.


La mariposa desapareció entre mis dedos.
Se convirtió en polvo.
Sólo polvo amarillo entre mis dedos.
 

Sólo silencio húmedo
junto al calor extraño que devora
la última luz amarilla
derramada a mis pies.

Para seguir viviendo



Corazón mío,

cíñete a la Belleza que eterniza los días.

Asciende a la alegría al  invadir tu boca

con la lucidez caliente de la risa.

Acuérdate de la dulzura

cuyos lamidos fecundos pueden ser inagotables.

Pon en tus labios

el cuerpo fascinante

de la poesía invisible de las cosas.

Entra en la marea en donde habita el deseo,

como cobijo prohibido de las aguas salvajes.

Cubre tu piel, una vez más,

con terciopelos de ternura.

Contágiate de la serenidad de las palpitaciones del bosque

que restauran su paz

en el espacio de libertad donde acaban las fronteras.

Dime qué nombres viven

entre los líquenes benignos de las venas,

qué palabras en blanco hablan de mí,

con labios que todavía responden

al sabor de unos párpados.



Corazón mío,

háblame del amor invencible,

del destino inevitable del enigma,

donde yo existo más.

Donde yo existo.

Una grieta en el muro




Cuando te dejas…

todo el hielo azul del iceberg

puede fundirse en tus ojos,

porque es el fuego

quien habla nuestra lengua.

Y te atrae hacia su fondo

y te atrapa en su espejo de llamas

y te transforma, en un instante,

en aliento que abrasa los bosques.



Un instante de desnudez  y estás perdido,

sabes que estás perdido …

en la maleza de las debilidades y torpezas,

de las encrucijadas

que van tejiendo su delicada metonimia

de argumentos,

de las sacudidas que hacen que el muro se mueva.



Cuando te dejas…

el agua puede ser pintada por el fuego

o penetrada por la luz

para ser, otra vez, la morada de colores

de un volcán que se renueva.



Cuando nadie te ve …

Cuando te dejas…

El árbol sumergido

                                                                                                                                   

He susurrado mi secreto al árbol solitario

que crece en el centro del bosque impenetrable,

como un ángel equivocado

que muriera y renaciera

cien veces cada día,

absorbiendo aún la vida

con sus pies de raíces.



Quiero que pintes el árbol azul

sin nombre,

que quisiera no ser símbolo de lo efímero,

el árbol de la leyenda

de los amores negados,

el árbol de la leyenda

de las promesas que nunca mueren.



Quiero que pintes el árbol azul

y  se lo entregues al mar.



Para que no se desvanezca

y sus hojas de sal lleguen a ser

mucho más que tiempo,

más que humo y adioses y extrañeza,

y resista así

a la invasión del olvido.